domingo, 28 de mayo de 2017

Acompañar








Un regalo

Acompañar como regalo. Ir, estar al lado de alguien en su camino, en el camino de ese momento.

Como decía Álvaro cuando nos fue a ver mientras mi padre estaba en el hospital :
“Papá, cada vez más veo que,  en esto de la salud, lo que más hacemos es acompañar”.

Cuando algo se tuerce, nuestro equilibrio, que ya es frágil, se deteriora. Y se nos merma el valor de lo que nos hacía fuertes. Nos vemos débiles, poca cosa. Somos menos conscientes de que podemos. 

De ahí que el que alguien te acompañe, te ayude a recuperar tu fuerza. A recuperar tu valor. A recuperar tu equilibrio.


Acompañar es caminar juntos, no caminar pegados. Dejar que el aire corra, que ambos compañeros se sientan libres.

Acompañar es estar. A veces sin más: estar.

Acompañar es también una opción. Podemos no hacerlo. Podemos no darlo. Podemos, también, para nosotros, no quererlo.







Estar ahí

Me gusta cuando mi familia, mis amigos dicen “Gracias por estar ahí”. 
No por el valor que me confieren, sino por saber que sin haber hecho casi nada, les fue útil. Por confirmar el valor grande de acompañar.

Y me gusta enseñar el valor de esa acción simple: acompañar.

Y entender que lo valoren menos los que ahora menos necesitan ser acompañados porque se acoplan a su equilibrio sin más necesidad.

La mejor forma de enseñar el valor de acompañar es hacerlo. Y cuando quieres sentirte acompañado, pedirlo sin exigirlo. La dificultad en muchos casos estriba en que “exigimos” que nos acompañen porque “nosotros les hemos acompañado”, “tenemos derecho”, “para eso yo soy su..... padre/hijo/hermano/amigo/pareja”.

Recordad cuando hablábamos de la diferencia entre pedir y exigir. Y de nuestra área de control.


No es fácil a veces. Ni acompañar, ni no ser acompañado. 

Acompañar de forma prolongada, a los hijos hasta que se van a su mundo, a tu pareja hasta que uno de los dos se va o fallece, a los mayores hasta que fallecen, añade la complejidad de que hay días que te gustaría no hacerlo y has de revisar tu elección, verlo en su conjunto y volver a elegir. Lo que elijas.






La práctica

Como siempre digo, la práctica nos hace expertos. Y más libres.

Os animo a practicar elegir acompañar o no.
 A practicar acompañar. 
Y a practicar pedir ser acompañado. 

Son tres buenos regalos.


domingo, 21 de mayo de 2017

Teoría de la mente. Entender y entendernos



El cerebro

Nuestro cerebro hace las cosas por alguna razón, aunque, a veces, saber a qué responde aquello que hacemos sea difícil de averiguar. Incluso puede que no lleguemos a saberlo. Conocer por qué hacemos lo que hacemos nos ayuda a entendernos y aceptarnos.

Aproximarnos a ese conocimiento de nosotros requiere reflexión y conocimiento del cerebro en general.

Algo que nos puede servir para esta aproximación es contrastar nuestro cerebro con el de los demás, hablar entre nosotros de lo que entendemos, de lo que no entendemos, de lo que creemos que hace que actuemos de tal o cual forma.
Y comprobar así que somos bastante “normales”.



El psicólogo

Cuando, como psicólogo, estás ante alguien en una consulta dedicas tiempo y esfuerzo a entender el funcionamiento de su cerebro. No tanto a cuáles son las reacciones químicas que lo mueven, sino a enlazar su historia vital, el significado que le da a las cosas, sus creencias, sus deseos, sus necesidades, para hacerte así una idea lo más aproximada posible de su cabeza, para tener una “teoría de su mente”.
Este hacer no lleva juicios de valor, ni morales, no hay calificaciones en términos de bueno o malo.
No es para aceptarlo o rechazarlo. Es para entenderlo.

Solo nos aproxima al conocimiento de cómo es, a qué razones o experiencias responde ese ser, lo que le mueve, lo que le atrapa.

Requiere su aceptación incondicional de él- Y desde ahí trabajamos en ayudarle a ver, a entender y a, si quiere, cambiar para adaptarse mejor, tener más equilibrio.




Como amigos, como padres, como hijos, como hermanos, como compañeros de trabajo o compañeros de vida, podemos trabajar de esta forma en ese entorno inmediato que nos importa. No necesitamos grandes conocimientos del funcionamiento del cerebro humano, ni grandes aptitudes de averiguación y relación de la información que lleva dentro. Necesitamos querer hacerlo.

Todos tenemos una teoría de la mente del otro, de cada uno de los otros con los que nos relacionamos. A veces muy distante de la realidad porque nuestras interpretaciones están hechas más desde cómo debería ser que desde realmente cómo es.

Aproximarnos a saber cómo funciona el cerebro de cada persona que nos importa requiere no solamente observación y contrastar lo que vemos con lo que nosotros hacemos. Requiere sobre todo preguntar, con la intención de conocer, lo que hay en su cabeza. Lo que hay en su vida que le lleva a hacer lo que hace, decir lo que dice, pensar como piensa.... ser como es.


Algunos errores

El primero y mayor error que cometemos, error que nos aleja de este entender, es que con pocos datos ya hacemos una teoría que se aproxima más a un juicio moral que a una definición de su comportamiento. Somos atrevidos a la hora de opinar de los demás. No estamos preparados para decir “no lo entiendo”. O, al menos, no lo entiendo todavía.

El segundo gran error, es que lo que vamos observando y viendo de ese otro que decimos nos importa, lo vamos filtrando para que se ajuste a nuestra teoría inicial. Somos poco flexibles para modificar nuestras interpretaciones. No estamos preparados para encajar nuevos datos que rompan nuestra idea de su mente.

Otra error que nos dificulta este entender, es el no preguntar al otro sobre sus pensamientos, sus emociones, sobre lo que hace y no hace. Unas veces porque la prisa y las ocupaciones “no dejan hueco”, otras porque “a ver si le molesta” otras porque “a mí nadie me pregunta” y la mayoría porque “ya sé lo que me va a responder”. No estamos preparados para ver la gran rentabilidad que tiene preguntar con intención de querer saber de verdad.

Vivir en la ignorancia sobre el otro, o peor, en el error, nos llevará a más conflictos en nuestras relaciones porque le estamos hablando a alguien diferente al que cerremos que le estamos hablando. Ese otro, es, piensa, siente, hace distinto y por distintas razones a los que yo creo. A veces mi idea se aproxima, a veces ni eso. Y si no la contrasto, seguiré sin mejorar mi capacidad de conocer mejor.


Y algunos aciertos

Siempre hablo de la práctica y, si en algún sitio cabe más que en otro, es aquí.

Practicar querer entender requiere pocas cosas:
1. Querer entender,
2. Ensayar a preguntar sin juzgar,
3. Después, aceptar “su mente” y
4. Obrar en consecuencia no gastando demasiadas energías en querer cambiarle.

Casi podríamos decir, que el no entender a quienes decimos que nos importa, nace de la soberbia de creer saber suficiente.
Y del atrevimiento de creernos conocedores de las razones y emociones que mueven a los demás.

Pero no lo vamos a decir, no es mi intención provocar, es más bien acercar a ese querer entender a quien me importa.

Practicar querer entender.
Buen día a todos


domingo, 23 de abril de 2017

Paz, sosiego



Un año desde la última reflexión en este blog.
Hoy quiero compartir con vosotros algunas reflexiones sobre cómo pasamos por la vida, deprisa, despacio, ilusionados, agobiados, contentos, amargados, solos, acompañados, viviendo, soñando....

Disciplina y flexibilidad

Entrenarnos en hacer aquello que queremos hacer puede sernos de gran utilidad: autodisciplina. Nos ayudará a conseguir gran parte de lo que nos proponemos, a mejorar nuestras marcas de tiempo en la carrera, a sincronizar mejor el salto, a cumplir con más eficiencia nuestros objetivos.
Y nos hará más libres, si al igual que somos capaces de elegir nuestra autodisciplina y la cumplimos, somos también capaces de elegir abandonarla y la abandonamos.

Lo difícil es saber en qué lado estás,saber qué has elegido. Proponerte autodisciplina  y dejar de proponértela forman parte del mismo todo. 

Saber en qué lado te encuentras es algo más complicado. Moverte de un lado a otro en paz es un aún más complejo, requiere práctica. Y esa práctica requiere análisis de lo que haces, a qué responde, si es que responde a algo y por qué rechazas tantas opciones cuando eliges una.

Porque cada vez que eliges algo, rechazas otras opciones.

El equilibrio no es fácil. El termómetro de nuestro equilibrio, de nuestro sosiego, nos lo da el sentir que estamos eligiendo aquello que queremos elegir como mejor opción para ese momento y/o para los momentos futuros que imaginamos. Desde la tranquilidad de hacer eso a la tranquilidad de poder dejar de hacerlo sin que las riñas y las culpas nos aborden impulsándonos en una dirección para disminuir y mermar esas culpas.

A veces, para ayudarnos a superar el cansancio del esfuerzo que supone lo que elegimos, nos decimos, o nos dicen, que eso es lo que hay que hacer. No es lo que hay que hacer, no existe una norma universal aplicable a lo que hay que hacer en cada momento. Si nos lo creemos nos atrapa, en nuestras redes o, peor, en las nuestras y en las redes de otros.

No hemos de confundir lo que toca hacer porque lo hemos elegido, con lo que hay que hacer porque alguien dijo que eso es lo que hay que hacer.

Lo primero nos hace libres. Y nos mantiene en nuestro empeño porque somos conscientes de que lo estamos eligiendo, el esfuerzo, el cansancio, el dolor, la soledad, lo que conlleve la elección. Es nuestra elección. Y podríamos no seguir eligiendo.

Lo segundo nos atrapa en una visión de la vida pobre, sin posibilidad de cambio, en una vida de obligaciones y de frustraciones, de cansancio impuesto, de triunfos caros. Con frecuencia son otros los que pusieron la norma o los que nos hicieron creer que la norma nos afecta. Hacemos porque no hacer nos llevaría a sentirnos culpables.

No es fácil entender esta diferencia que cambia el sentido de la vida. Sin embargo,es la diferencia del sosiego, de la paz.




Tiempo y prisa

No tenemos tiempo, esto es una evidencia. Aunque, para ser más exactos, sería no tenemos tiempo para todo si el todo es mucho. Y la vida es mucho.

La prisa es una estrategia para engañar nuestra falta de tiempo, corremos como si llegásemos antes. Esto nos sirve cuando el llegar es más importante que caminar. Esa es su ventaja.

Caminar con todo el tiempo del mundo, el nuestro claro, puede que nos permita disfrutar del camino. Y, a veces, el camino vale más que el destino.

¿Cómo sabemos si vamos con más prisa de la que hace falta para ese viaje?. 

Si dejamos de ver a los lados, si solo miramos hacia ese adelante que anhelamos, entonces vamos con prisa, con demasiada prisa.

El viajero sabio se detiene y se para a observar con más calma, de paso descansa.



Entender y juzgar

Somos expertos jueces en dictaminar sentencias. “Culpable” “Menos culpable porque hay que ver lo que tiene en casa” “Inocente”....
Y añadimos con frecuencia aquello de “yo en su lugar no haría eso” “cómo puede no darse cuenta” parece mentira, con todo lo que yo he hecho por él” “no se entera” “hay que ver que es torpe” ”mira que se lo he dicho veces” "hay gente que habla sin saber"....

Llevamos el juicio a flor de piel. Cierto que nuestro cerebro necesita entender. Y quizá por ello nos vendría mejor entrenarnos en entender. En entender por la vía de entender, no por la vía fácil de sentenciar sin más, sin entender de verdad.

Entender implica de forma previa querer entender. Y hacerlo, libres de una sentencia previa sobre la que sólo colocamos los datos que nos llegan a su favor. 

Entender nace desde la ignorancia de no saber y desde la sabiduría de reconocer esa ignorancia.

Y desde el valor que damos al otro de poder ser diferente, complejo, contradictorio.

Juzgar es fácil. Y rápido. Entender es complejo, lento a veces. Juzgar nos permite tomar distancia, quedarnos aquí. Entender nos acerca, nos saca de nosotros, nos mete dentro del otro.



Sentir paz, sosiego, equilibrio es un regalo de vida que a veces tenemos. Observar qué influye en esa paz, en ese sosiego y acercarnos a ello es lo que nos podemos regalar.

Como digo siempre, practicando mejoramos.



domingo, 1 de mayo de 2016

Demora en la atención


A veces nos encontramos pensando en algo “que se nos mete en la cabeza” sin poder dejar de darle vueltas.
Le damos vueltas y más vueltas sin añadir nada nuevo a lo que ya habíamos pensado. Decidimos no pensar más en ello pero vuelve a nuestra cabeza..... no podemos evitarlo....

¿No podemos evitarlo?

Nuestro cerebro está entrenado en atender aquello que nos llega. La atención a los pensamientos que llegan es gratificante a corto plazo. Por ello, si decidimos no atender el pensamiento, éste vuelve y lo más probable es que lo atendamos en ese momento, o en el siguiente. ¿Recordáis qué sucedía cuando el niño lloraba delante del kiosco para que su papá le comprase una chuche? El papá decía que no, el niño pataleaba y el papá se la compraba? El niño aprendía que, a veces, hay que patalear para conseguir la chuche.

Aquí la chuche es la atención. Sentirnos atendidos es agradable, por tanto la atención es recompensante.
Decidimos no atender el pensamiento, pero lo atendemos, “le compramos una chuche a nuestro cerebro” ¿Qué es lo más probable que suceda la próxima vez? Que insista, e insista, hasta que consiga su chuche....hasta que le atendamos.

¿Cómo evitarlo?

Lo más probable es que no estemos entrenados en atender nuestros pensamientos cuando queramos atenderlos y no en el resto del tiempo.
Si esto es así, cuando estemos preocupados por algo, esos pensamientos, vendrán, les atenderemos, volverán, les volveremos a atender......nos agotará la sensación de estar siempre pensando en lo mismo, preocupados por lo mismo, conscientes de que eso no soluciona el problema, pero atrapados, esperando a que pase el tiempo y “se solucione” el problema....

Primer paso: analizar el problema al que le dedico tanto tiempo pensando: qué lo ha producido, qué puedo hacer yo para mejorar la situación (si es que algo puedo hacer,) qué estoy haciendo, qué puedo pedir a otros que hagan, etc...

Segundo paso: establecer un plan de acción: cuándo voy a hacer cada una de las cosas que he decidido hacer. Escribid la fecha o momento en el que os proponéis hacer cada cosa.

Tercer paso: revisar lo que habéis escrito. ¿Tenéis la sensación de que falta algo que podéis hacer y no está puesto?. Si es que sí, aparcad el papel hasta más tarde, noche, día siguiente...

Cuarto paso: Si creéis que ya no falta nada, si ya sabéis qué es lo que está bajo vuestro control, lo que podéis hacer y lo que no podéis hacer.... ver cuándo es el siguiente movimiento o acción que habéis planificado y tomad la decisión de no pensar más en ese problema hasta dentro de …... y, aquí poneos un tiempo. Al principio poco, media hora, una hora...

Quinto paso: hasta el momento en que decidí atenderlo, cada vez que el pensamiento viene a mi cabeza me digo “Ahora no toca pensar en esto”. Y me lo digo tantas veces como venga. No luchéis para que no venga, simplemente cuando venga, no lo atendáis....”Ahora no toca”.
Al principio se comportará como el niño acostumbrado a conseguir las chuches llorando, llorará más, pataleará mas....insistirá más en que pensemos en ello. ¿Que pasará si cedemos antes del tiempo que nos hemos propuesto y le atendemos? Que aprenderá aa insistir y “patalear” más para conseguirlo.
Solo romperemos nuestro compromiso de no pensar en ello si aparece información nueva relevante sobre el problema que haga importante reflexionar sobre ello. Recordad, ha de ser nueva e importante. Si es así hacemos una nueva planificación y volvemos a empezar.

Mi recomendación es que empecéis a hacer esto con problemas pequeños, del día a día, después con problemas mas complejos. También que empecéis con demoras de la atención cortas, por ejemplo decidir que no vais a pensar en el problema, uno vez hecha la planificación, hasta dentro de media hora, una hora, después ampliad a dos, a medio día, a un día.... hasta que consigáis demorarlo cuanto queráis.
Es preferible que las metas sean fáciles de conseguir y las consigáis. Si os proponéis mucho tiempo sin atender al problema y no sois capaces, volvéis a engancharos con el pensamiento, le estáis “comprando chuches al niño que patalea” y eso no es lo que queremos enseñar a nuestro cerebro.
A veces os sorprenderéis pensando en el problema cuando os habíais propuesto no hacerlo hasta la noche. No pasa nada, es normal, es lo que veníais haciendo hasta ahora. No os riñáis por ello, seguid practicando. Cuando seáis conscientes de ello utilizar el “Ahora no toca” y dejad de atenderlo.

Al principio, cada vez que hagáis esto, os recomiendo coger un papel para escribir las respuestas a las preguntas anteriores.

Este autocontrol requiere práctica, como todo, mucha práctica. Y como toda práctica requiere empezar por lo fácil y hacerlo muchas veces.

¿Para qué sirve?

Para darle a nuestra cabeza el uso que queramos, para desatraparnos de ese comportamiento obsesivo con los problemas de la vida que nos impide ver que hay más vida que la de preocuparnos constantemente.
No es ignorar el problema, de hecho empezamos analizándolo y planificando qué vamos a hacer, es no gastar en el problema más recursos de los necesarios.

Es dejar tiempo para vivir, pensar y sentir otras cosas.


domingo, 20 de marzo de 2016

Respuestas de escape y ansiedad



-  Alguna duda sobre lo que os he comentado? - dijo el profesor en el aula
Yo tengo una, no me ha quedado muy claro lo que dijo sobre.....voy a preguntar....pero, ¿y si es una tontería y hago el ridículo?....¿y si se ríe de mí?....”

En ese momento la frecuencia de mi respiración aumenta, siento sudoración en las manos, me muevo en mi asiento, el corazón palpita fuerte.....
Y aparece la solución mágica en mi cerebro : 
- ¿Para qué vas a preguntar arriesgándote a hacer el ridículo?. Luego lo buscas o se lo preguntas a alguno de tus compañeros.

Ya me siento bien. Muy bien, se me quitan esas sensaciones tan desagradables y angustiosas, mi corazón vuelve a su ritmo, mi respiración también, me reclino en el asiento. Solucionado.

¿O no?

Eso es una respuesta de escape.

Mi cerebro ha sido recompensado por no enfrentarse al problema, ha recibido una gran “chuche”. La tranquilidad que he sentido, por decidir no preguntar ha sido muy gratificante (a corto plazo).

¿Que es lo más probable que suceda la siguiente vez?

Así, o de forma parecida, empieza nuestro cerebro a dar respuestas de escape. En todas ellas hay algo común: me producen alivio de la ansiedad al no tener que enfrentarme a lo que me había propuesto hacer.
Mañana será miedo a subir en un ascensor por si se bloquea, a cruzar un túnel conduciendo por si me quedo tirado en medio, a ir a un examen por si me quedo en blanco, a ir en autobús por si necesito ir al baño en pleno viaje, a estar a solas con mi hija por si le hago daño, a coger el coche en carretera por si me pasa algo, a cruzar un puente por si me tiro de él, a ir de caza con mis amigos por si les disparo, a hablar en público por si me quedo cortado, a no apuntarme a un curso de formación por si van a pensar que no se, a no alquilar un apartamento retirado de un centro hospitalario por si me pongo nervioso y necesito ayuda.... (estas y muchas más situaciones me contaron mis pacientes).

Las respuestas de escape se generalizan porque todas persiguen el mismo fin, evitar que lo pasemos mal sintiendo ansiedad. Al principio no es problema, con el tiempo se convierte en una incapacidad.

Una incapacidad que quiero quitarme pero que crece. ¿Por qué? Porque sigo dando respuestas de escape. Es un círculo vicioso, cuanto más escapo de enfrentarme más me dice mi cerebro "no te enfrentes, lo pasarás mal"

¿Como saber si es una respuesta de escape o un “simplemente no me apetece”?. 

En la respuesta de escape me gustaría hacerlo pero me pone nervioso hacerlo, si puedo lo evito. Me gustaría ir a la fiesta pero temo no estar a la altura, encontrarme con alguien que me cuestione, no cojo el ascensor no sea que me quede atrapado, no cruzo el puente no sea que me de por tirarme al río....
En el “no me apetece” no tengo malestar, simplemente no quiero hacerlo, no quiero ir a la fiesta, prefiero estar en casa, subo por las escaleras por hacer ejercicio pero a veces, sin más, subo en el ascensor, no cruzo el puente porque no tengo que ir al otro lado, si toca cruzarlo lo cruzo sin problema.

¿Y par evitar que vaya a más?

Cambiar de dirección. Empezar a hacer aquello que he dejado de hacer y que me gustaría seguir haciendo. Empezar por lo fácil, por los pasos que menos malestar me producen. Y seguir poco a poco. Dividir cada tarea que vaya a hacer en pequeñitos pasos fáciles y repetir cada uno dos o tres veces. Avanzar lenta y progresivamente.

Quizá tu cerebro lo tenga muy aprendido, quizá sea algo más complejo y tú solo no puedas. Si es así, busca ayuda, merecerá la pena sentirte más libre de hacer lo que quieres hacer.


TAREAS PARA EL FIN DE SEMANA

¿Os dije que “ fin de semana” es igual a “resto de vuestra vida”? Pues eso.

Haced una lista de vuestros miedos. Ordenarlos de menos a mas intensos.
Empezad por los menos intensos y divididlo en pasitos pequeños. Pasitos fáciles que ahora veáis que sois capaces de dar. Empezad a dar pasos.

Felicitaros por cada paso. Felicitaros mucho.

Seguid con el resto de vuestros miedos. Paso a paso. No deis saltos grandes. Si os equivocáis y dais un salto grande volved a empezar por donde os salía bien y seguid con pasos más cortos.


sábado, 5 de marzo de 2016

Escuchar y empatizar (II)




Cuando acompañamos a alguien que ha perdido un ser querido, cuando nos acompañan a nosotros, podemos entender, sentirnos entendidos sólo con un abrazo.

Cuando tenemos un problema podemos sentirnos entendidos por aquel al que se lo contamos, simplemente porque pone interés en entendernos y nos parece que se da cuenta de cómo y cuánto estamos sintiendo con ese problema. A veces somos conscientes de que no ha vivido lo que yo estoy viviendo y no puede saber cómo me estoy sintiendo, pero si percibo su interés, su deseo de querer entenderme realmente, ya casi me siento entendido.

Por tanto la empatía tiene mucho que ver con la disposición a querer entender, no solo con el ser capaz de entender.


Empatizar: entender lo que el otro siente, trasmitirle que lo entendemos. Hacerlo de tal forma que él se de cuenta de que lo estamos entendiendo. A veces, no hace falta ni hablar, basta con estar ahí, con un abrazo, con un gesto, con un mimo. Y él, ella, puede sentir que le entendemos.

Cuando lo hacemos con otra idea diferente a que él se siente entendido, con idea de cumplir con algo social, con un compromiso, con idea de simular que nos importa lo que nos dice, es probable que sienta que no le entendemos.

Empatizar no es dar soluciones, a veces ni las hay. No es decirle qué ha de hacer. El que empatiza no es un consejero experto que sabe qué le conviene a los demás.

El que empatiza no juzga los sentimientos del otro, los acepta.

El que empatiza atiende y entiende. Sin más. Y entender lo que el otro siente no es sinónimo de estar de acuerdo con que sienta eso. Nada tiene que ver.


Empatizar también es un regalo, como la escucha. Si algo vibra con fuerza entre dos seres humanos es cómo cada uno siente que el otro le entiende. No es fácil.

Requiere disposición auténtica, genuina, de querer empatizar de querer entender lo que el otro siente.

No hay fórmulas para empatizar. A veces le preguntamos sobre cómo se siente, lo hacemos para que, si quiere, hable de ello y si no quiere, también empatizamos entendiendo que no desea hablar. Otras veces basta con un abrazo como hacemos en el funeral del amigo que ha perdido a su ser querido.

Sabemos si estamos empatizando porque nosotros sentimos que lo hacemos y él siente que lo hemos hecho, esa es la clave.

Empatizar también es una opción. Es un regalo grande para el ser humano entender y sentirse entendido. Va en las dos direcciones.

Si escuchar y empatizar hacen tanto bien a quienes lo reciben, ¿cómo es que lo recibimos tan poco? ¿No sentís con frecuencia estar rodeados de personas a las que, siendo verdad que le importáis, les cuesta entenderos? ¿No tenéis la sensación de que muchos de vuestros sentimientos son juzgados nada más aparecer?

¿Y lo frecuente que es que os digan lo que tenéis que hacer, lo que os conviene, lo que estáis haciendo mal, lo que harían ellos en vuestro lugar, lo que se hace en estos casos.... sin antes haberse ni enterado ni interesado por cómo os sentís?

Mucho de mis pacientes me dijeron que no se sienten escuchados ni entendidos. Pocos me pidieron ayuda para aprender a escuchar y a empatizar mejor. Quizá ahí este la clave: creemos, no sólo que lo hacemos, sino que lo hacemos bien.


Tarea para el fin de semana: practica empatizar con alguien cercano. Recuerda que tu objetivo, tu idea, es entender qué siente y trasmitirle que lo entiendes. Haz solo eso, no le des consejos ni soluciones, salvo que expresamente te las pida. Por supuesto, ni lo juzgues ni lo critiques.

Te propongo que lo hagas durante cinco minutos seguidos y luego comentes la experiencia, con él-ella y con nosotros.



lunes, 22 de febrero de 2016

Escuchar y empatizar (I)


Piensa durante un momento en la persona o personas con las que más a gusto te encuentras. En esa persona con la que te agrada encontrarte, con la que estás bien, en paz.

¿Que hace de especial contigo?

Te escucha. Te atiende. Te entiende.

Uno de los regalos que más valoramos los humanos es que nos escuchen de forma auténtica, atendiéndonos, entendiéndonos, sin juzgarnos, sin cuestionarnos, sin criticarnos.

Simplemente que nos atiendan y nos entiendan.

Escuchar es atender a lo que el otro nos dice con intención de enterarnos de lo que nos dice, sin juzgar, sin interrumpir, sin cuestionar, transmitiéndole que nos estamos enterando.

Empatizar es atender a lo que el otro siente con intención de enterarnos de lo que siente, sin juzgar, sin cuestionar, transmitiéndole que entendemos lo que siente.


PARA QUÉ ESCUCHAR

Para regalarle que se sienta mejor. Escuchar es un regalo, podemos darlo o no.

Para mejorar la relación con él. Escuchar es una herramienta que ayuda a mejorar las relaciones. Podemos utilizar esa herramienta o no.

Para enterarnos de lo que nos dice. Podemos querer saber qué nos dice o no. ¿Sabías que el 80 % de lo que nos dicen no nos sirve? Bien porque ya lo sabíamos, o simplemente no nos interesa. Por tanto, esta es la razón menos útil para escuchar.


CÓMO ESCUCHAR

Disposición auténtica, genuina, de querer escuchar. Disposición física y psicológica.

Disposición física: le miramos mientras nos habla, seguimos el hilo de la conversación, a veces preguntamos para aclarar algo, otras resumimos lo que ha dicho para comprobar que nos estamos enterando.
Y lo hacemos sin cuestionar lo que dice, sin interrumpirle, sin juzgarle por lo que dice. No aconsejamos, salvo que nos pida consejo. Si no nos pide consejo, sólo lo damos después de pedirle permiso para dar nuestra opinión. Y si no la quiere, no la damos, seguimos escuchando.
Podemos orientar la conversación con preguntas sobre lo que nos está diciendo, pero él elegirá si quiere hablar de ello o no.
Hablamos de lo suyo, no de lo nuestro. Lo nuestro aquí no encaja, aunque nos apetezca mucho contarlo.
Nuestro objetivo es escucharle y hacer lo posible porque se sienta escuchado.

Disposición psicológica: en mis adentros estoy dispuesto realmente a escuchar. Quiero escuchar. He decidido hacerlo libremente y he elegido escuchar, por eso estoy escuchando. Y lo hago lo mejor que sé, a gusto, sin quejarme por estarlo haciendo, sin tener que hacerlo.
Me importa escucharle y mi disposición es auténtica en ese sentido.

¿CUÁNDO ESTAMOS ESCUCHANDO?

Cuando el otro se siente escuchado. El criterio para saber si escuchamos bien o no lo tiene el que nos habla, si no se siente escuchado, no estamos escuchando. Estaremos oyendo, estaremos recabando información, pero no estamos escuchando. Escuchamos cuando conseguimos que él, ella, se siente escuchado.

¿ES OBLIGATORIO ESCUCHAR?

No. No es obligatorio escuchar, es una opción. Cuando escuchamos bien estamos regalando algo grande para el ser humano: sentirse escuchado. Y eso nos hace importantes para él.

Las personas a las que más valoramos, las que consideramos buenos amigos, esas con las que nos gusta encontrarnos y quedar con ellas, tienen todas algo en común: nos escuchan.

¿SON MEJORES PERSONAS LAS QUE ESCUCHAN BIEN?

No. Escuchar nada tiene que ver con la moralidad. Escuchar es una herramienta útil que algunas personas han aprendido a utilizar mejor que otras. Supieron cómo hacerlo y lo practicaron más a menudo.


TAREAS PARA MEJORAR

Practicar escuchar con el objetivo de “regalarle” al otro que se sienta escuchado.

Insisto, no tenéis por qué hacerlo, pero os será útil saber hacerlo. Si sólo escucháis para obtener información o para poder contar lo vuestro después de haber estado callados un rato mientras el otro habla, así no aprenderéis a escuchar.

Para aprender a escuchar es necesario practicar la escucha como regalo.