miércoles, 10 de enero de 2018

TENER UN PLAN



Tener un plan es fundamental para poder avanzar de acuerdo a como queremos (o decimos que queremos) hacerlo. A veces queremos, pero solo queremos, y sin plan podemos acabar en cualquier parte…. Incluso en el punto de partida.
De ahí lo de “ponernos a plan”, aunque eso se emplee casi únicamente para hacer una dieta de adelgazamiento.


HACIA DÓNDE (B)
Un plan requiere reflexionar sobre a dónde queremos llegar, definir bien nuestra meta, Cuantificarla. Y definir también cómo vamos a saber que hemos llegado. Estamos en A y queremos ir a B.
Ejemplo: quiero llegar a pesar 70 kg. Mi “B” será “pesar 70 kg”. Ya tengo cuantificada mi meta, pero ¿cómo voy a saber que lo he conseguido? ¿cómo voy a saber que ya estoy en B, en 70 kg?. Pues cuando me suba a la báscula y marque 70 kg o menos”

Otras veces no somos tan concretos. Ejemplo: quiero cabrearme menos. ¿Cuál es mi “B”, mi meta exactamente? ¿Y cómo voy a saber que me cabreo menos?
Pues porque estaré menos disgustado”.
En este caso no está definido bien el “cabreo”. Tendría que decirme qué es para mí un cabreo. ¿Es dar voces?, ¿sentirme mal por dentro?, ¿reñir?, ¿negar mi afecto? Tampoco está definido cuánto menos me voy a cabrear. ¿Una vez menos al día, a la semana, sólo en el trabajo…? Y tampoco el cómo sabré si he conseguido mi objetivo. ¿Porque le pregunto a los de mi entorno, porque llevo un registro en las notas del móvil o en una libreta, porque a mí me lo parece?

La mayor parte de nuestros fracasos en los propósitos que nos hacemos a diario, (y ahora, al comienzo del año nos solemos hacer muchos), es porque no concretamos de forma clara y precisa lo que queremos exactamente, cómo vamos a saber que lo hemos conseguido. Nos movemos con frecuencia en metas, destinos, deseos, "B" difusos.

DESDE DÓNDE (A)
A veces, teniendo claro y bien definido lo que queremos conseguir y cómo sabremos que lo hemos conseguido, (B, nuestra meta) no hemos reflexionado sobre los recursos de los que partimos, los recursos que tenemos para conseguir lo que queremos (A, o nuestro punto de partida). Sabemos a dónde vamos, pero no conocemos bien de dónde partimos.

Ejemplo: voy a escuchar a mis hijos cada vez que me hablen o pidan ayuda. Sabré si lo estoy haciendo porque voy a pedirle a ellos que me digan si alguna vez no se sienten escuchados. Hasta ahí bien definido “B”, mi meta. Pero, ¿qué es lo que hago habitualmente? ¿qué hago cuando estoy viendo una película o un programa de TV y vienen a hablarme? ¿qué hago por las mañanas cuando me preguntan camino del colegio?
Quizá, si soy una persona que habitualmente escucha poco, bien porque estoy con mis cosas, bien por la prisas, sea interesante que reflexione sobre si eso que me propongo es realista. Quizá sea un salto demasiado grande para empezar. Quizá “no tengo recursos” como para hacer tanto de golpe. Entonces he de proponerme menos. Mucho menos.

¿Habéis visto las mesas de algunos despachos llenas de documentos que no acaban de resolverse, con alguien detrás de ellas proponiéndose todos los días resolverlo? ¿Os habéis fijado en esas mamás y en esos papás dando voces a sus hijos para que obedezcan? ¿Y en esas personas a las que cuando les preguntáis cómo les va, lo que más os cuentan es todo lo que les queda por hacer de todo lo que tienen hacer? ¿Cuántas personas dicen de sí mismas todos los días “soy un desastre”? ¿Cuántas otras “no consigo nada”?
Angustioso, verdad….?

Pues así en esa angustia viven infinidad de personas todos los días. Así consumen su vida. Queriendo más de lo que sus recursos son capaces de producir. Y cuando se lo dices, o si leen esto responden “Pero yo si puedo conseguirlo, de hecho antes lo hacia” o “No sólo puedo sino que tengo que hacerlo”.
Si, claro, pero tus recursos son limitados, ahora quizá más limitados, y tienes más objetivos en la vida en la que repartirlos. ¿O estar sentado en paz, al lado de la persona que está decidiendo compartir su vida contigo no es un objetivo?
No les cabe un quiero / no quiero hacerlo, viven continuamente bajo la presión del “tengo que” hacerlo.

Difícil que se paren a pensar. ¿Por qué?. Porque pararse a pensar en ello podría suponer el principio de un cambio y nos cuesta cambiar. Hasta para mejorar. En mi experiencia en la consulta la primera parte de cualquier tratamiento es que la persona que lo necesite lo busque.
Y vaya a la consulta.


EL CAMINO (C)
A veces, teniendo claro a dónde queremos llegar, habiendo definido bien cuando y cómo sabremos que hemos llegado, habiendo incluso valorado bien nuestras fuerzas, nuestros recursos disponibles, nos falta haber reflexionado sobre qué camino vamos a recorrer, si hay varios cuál de ellos vamos a elegir, el tiempo que nos va a costar, los pasos que vamos a dar, cuáles van a ser esos primeros pasos. Conocemos de dónde partimos (A), sabemos exactamente a dónde queremos ir (B), pero no hemos valorado el camino a seguir (C) o posibles caminos.

Y nos ponemos a caminar con rumbo pero sin camino, con meta y con recursos, pero sin una plan que nos permita dar pasitos primero, saltos después.
Y abandonamos.

En el ejemplo anterior, el de escuchar a mis hijos, puedo elegir un camino de escucha progresiva, proponerme que la primera semana voy a dedicarle un día a estar más atento en la escucha, anotando cuántas veces lo he conseguido, en la segunda semana voy a dedicarle dos días, tres...


FELICITARME POR ELLO
Y si ya tenemos el plan solo nos falta una cosa más. Felicitarnos. Eso es lo primero nada más hacer el plan, felicitarnos por tener el plan. Mañana felicitarnos también por dar ese pasito cortito, después por los siguientes pasos.
Y si dejamos de cumplir nuestro plan, analicemoslo, quizá era demasiado ambicioso, quizá hemos cambiado de objetivo, quizá simplemente queremos abandonar porque es más cómodo. Nosotros lo sabremos. Y obraremos en consecuencia.

Cuanto más nos felicitemos, más probable es que sigamos, Cuanto más nos riñamos, más probable es que reventemos en el intento. Por eso es tan importante empezar por pasitos cortos, tan cortos que nos resulte muy fácil empezar a darlos. Y dejar de reñirnos.
¿No te pasa a veces que parece que llevas al enemigo dentro? Una parte de ti ha aprendido a funcionar porque te riñes. Te riñes por lo que dejas de hacer, te riñes por lo que has hecho regular, te riñes por no haber previsto lo que podías dejar de hacer o no haber previsto que podría salirte regular. Tan entrenado en reñirte, te riñes hasta por lo que los demás no han hecho por si acaso ha sido culpa tuya. Lo piensas y tienes razón. Te riñes porque tienes razón. (Dices).

Eres un experto en reñirte. Lo haces a menudo, todos los días. En alto y, sobre todo, en silencio. Acompañado de la razón, de tu razón que te lleva años diciéndote que lo haces bien, que has de reñirte cuando no cumples. No aprendiste a “cumplir” queriéndote.

TAREA PARA EL FIN DE SEMANA
Me gusta llamar “Fin de semana” (“Finde” entre nosotros) a lo que queda del resto de nuestras vidas. Aunque parezca largo, es corto. Y hacerlo sinónimo de fin de semana lo hace más lúdico, mas atractivo.
Cuando quieras algo importante haz un PLAN. Después escríbelo, te ayudará a visualizar mejor desde dónde partes, a dónde quieres ir y qué camino vas a elegir. Felicítate nada más haberlo garabateado, es un avance dedicar tiempo a pensar así.
Vamos a entrenarnos en felicitarnos. En felicitarnos mucho. A menudo. Todos los días. Por lo que has hecho, por lo que has previsto, por lo que has intuido, por lo que has dejado de hacer. Sí, también, sé sabio y aprende a valorar cuándo es adaptativo dejar de hacer. Valora el proceso más que el resultado Vivir es más caminar que llegar. Planificar es también caminar. Quiérete.

Sé tu amigo. Tu mejor amigo. Dítelo (ahora que todavía estás vivo).

lunes, 11 de septiembre de 2017

Posiciones encontradas


Permitidme que hoy traiga como reflexiones más preguntas que respuestas…. es de lo que más tengo.

Hacia dónde?

Quizá lo que nos mueve en una dirección a veces también nos para, o nos mueve en la dirección contraria. Queremos salir a hacer deporte y seguir en el sofá sentados. Queremos perder peso y también la hamburguesa con patatas fritas. Queremos ayudar y que no nos molesten.
Queremos todo a la vez.
Pretendemos el equilibrio entre tantas fuerzas que con frecuencia nos olvidamos que vivimos más tiempo en desequilibrio que en equilibrio, o al menos tratando de recuperar el equilibrio.
Pretendemos el imposible de estar siempre en paz con uno mismo.
Cuando pensábamos menos era más fácil. Corríamos y jugábamos más. Ahora, ya padres, nos hemos empezado a tomar la vida en serio porque los hijos son otra cosa, con ellos no caben experimentos: hemos de estar seguros. O, al menos, creernos seguros. Y si no lo conseguimos, por lo menos parecerlo.


Seres vivos mientras dure


Los limites entre la fantasía y la realidad están cada vez menos claros. Es cuestión de tiempo que lo que nos parecía imposible ayer , la ciencia lo haga real mañana. Avanzamos hacia la inmortalidad de la especie, de ésta o de la que nos suceda. Mientras se logra seremos unos seres más de los millones de millones de seres que han nacido y perecido en este planeta.

Eso sí con consciencia de nuestra finitud. O creencia de vivir más allá de la muerte. O de dudas.
Sobre todo dudas.




Contradicciones?

Las certezas son como la razón, válidas mientras no se las cambia por otras. Cada vez observo a más personas mayores con menos certezas. Mas sabios con menos razones en sus debates. Más paz sin control. Más fluir por la vida sin motor.
Más tal cual.
Cada vez observo más contradicciones que funcionan. O por lo menos sirven. Sirven para estar y seguir.
Algo común en todos es la acción. Cualquier acción, ni siquiera ha de ser planificada, ni responder a un fin último que tantos se empeñan en poner en el sentido de la vida. A veces es una acción tan simple como el vuelo de una mosca dando vueltas en el centro del salón. Sin querer ir a ninguna parte, sin querer posarse, sin querer salir. Sin más, ahí, zumbando.
Me pregunto a veces qué se sentirá cuando uno sabe que se está muriendo. Si será un ya se acabó todo, un qué va a ser de ellos, un oh Dios ahí voy, un no puede ser, o una mezcla de más contradicciones. Quizá sea confusión lo que más haya.
O más de lo mismo, incluidos los planes del futuro inmediato.
Cuando comparto esta reflexión con mis amigos o familia casi nadie quiere seguir hablando de ello, excepto los más viejos. Demasiado pronto para pensar en ello, dicen.


Es lo que hay?


Cada día se sientan pacientes en mi consulta que lo están pasando mal. A veces lo que piden, la ciencia puede dárselo y una intervención bien indicada, una medicación bien pautada les ayuda a mejorar. Otras, la mayoría de las veces, piden imposibles. Imposibles a día de hoy. Me pregunto cómo nos verán en ese futuro donde haya recambio para todo, tanto que seamos prácticamente inmortales.
Mientras tanto, el centro de nuestro discurso sigue siendo "esto es lo que hay".
La Medicina llega con frecuencia al límite de poder seguir ayudándonos, la Psicología lo sobrepasa entrenándonos en vivir con nosotros sacando el máximo provecho de nuestros recursos, por pocos que nos queden. Y la Religión nos trasporta a lo imposible porque nos facilita creer en lo imposible.
Si escuchanos a los físicos sobre los avances en la física cuántica, la confusión es aún mayor. Ya no solo nuestra razón, que nos sirve en el mundo que vemos, sino también las leyes físicas que estudiamos no funcionan en lo atómico y subatómico. Es a todas luces ese mundo un mundo “ilógico”.
Una vez más la razón, incluso teniéndola, puede no servirnos.


Adaptación

Mi padre con 95 años lee para estar ocupado, para ver menos televisión, dice. A veces el mismo libro que leyó meses atrás. Esa combinación entre lo práctico, la pérdida de memoria y el tiempo disponible lo hacen aún más sabio.

Quizá también tengamos sobrevalorado el recordar, .....o como dice Goldenberg, el inventar el pasado cada vez que recordamos.

domingo, 28 de mayo de 2017

Acompañar








Un regalo

Acompañar como regalo. Ir, estar al lado de alguien en su camino, en el camino de ese momento.

Como decía Álvaro cuando nos fue a ver mientras mi padre estaba en el hospital :
“Papá, cada vez más veo que,  en esto de la salud, lo que más hacemos es acompañar”.

Cuando algo se tuerce, nuestro equilibrio, que ya es frágil, se deteriora. Y se nos merma el valor de lo que nos hacía fuertes. Nos vemos débiles, poca cosa. Somos menos conscientes de que podemos. 

De ahí que el que alguien te acompañe, te ayude a recuperar tu fuerza. A recuperar tu valor. A recuperar tu equilibrio.


Acompañar es caminar juntos, no caminar pegados. Dejar que el aire corra, que ambos compañeros se sientan libres.

Acompañar es estar. A veces sin más: estar.

Acompañar es también una opción. Podemos no hacerlo. Podemos no darlo. Podemos, también, para nosotros, no quererlo.







Estar ahí

Me gusta cuando mi familia, mis amigos dicen “Gracias por estar ahí”. 
No por el valor que me confieren, sino por saber que sin haber hecho casi nada, les fue útil. Por confirmar el valor grande de acompañar.

Y me gusta enseñar el valor de esa acción simple: acompañar.

Y entender que lo valoren menos los que ahora menos necesitan ser acompañados porque se acoplan a su equilibrio sin más necesidad.

La mejor forma de enseñar el valor de acompañar es hacerlo. Y cuando quieres sentirte acompañado, pedirlo sin exigirlo. La dificultad en muchos casos estriba en que “exigimos” que nos acompañen porque “nosotros les hemos acompañado”, “tenemos derecho”, “para eso yo soy su..... padre/hijo/hermano/amigo/pareja”.

Recordad cuando hablábamos de la diferencia entre pedir y exigir. Y de nuestra área de control.


No es fácil a veces. Ni acompañar, ni no ser acompañado. 

Acompañar de forma prolongada, a los hijos hasta que se van a su mundo, a tu pareja hasta que uno de los dos se va o fallece, a los mayores hasta que fallecen, añade la complejidad de que hay días que te gustaría no hacerlo y has de revisar tu elección, verlo en su conjunto y volver a elegir. Lo que elijas.






La práctica

Como siempre digo, la práctica nos hace expertos. Y más libres.

Os animo a practicar elegir acompañar o no.
 A practicar acompañar. 
Y a practicar pedir ser acompañado. 

Son tres buenos regalos.


domingo, 21 de mayo de 2017

Teoría de la mente. Entender y entendernos



El cerebro

Nuestro cerebro hace las cosas por alguna razón, aunque, a veces, saber a qué responde aquello que hacemos sea difícil de averiguar. Incluso puede que no lleguemos a saberlo. Conocer por qué hacemos lo que hacemos nos ayuda a entendernos y aceptarnos.

Aproximarnos a ese conocimiento de nosotros requiere reflexión y conocimiento del cerebro en general.

Algo que nos puede servir para esta aproximación es contrastar nuestro cerebro con el de los demás, hablar entre nosotros de lo que entendemos, de lo que no entendemos, de lo que creemos que hace que actuemos de tal o cual forma.
Y comprobar así que somos bastante “normales”.



El psicólogo

Cuando, como psicólogo, estás ante alguien en una consulta dedicas tiempo y esfuerzo a entender el funcionamiento de su cerebro. No tanto a cuáles son las reacciones químicas que lo mueven, sino a enlazar su historia vital, el significado que le da a las cosas, sus creencias, sus deseos, sus necesidades, para hacerte así una idea lo más aproximada posible de su cabeza, para tener una “teoría de su mente”.
Este hacer no lleva juicios de valor, ni morales, no hay calificaciones en términos de bueno o malo.
No es para aceptarlo o rechazarlo. Es para entenderlo.

Solo nos aproxima al conocimiento de cómo es, a qué razones o experiencias responde ese ser, lo que le mueve, lo que le atrapa.

Requiere su aceptación incondicional de él- Y desde ahí trabajamos en ayudarle a ver, a entender y a, si quiere, cambiar para adaptarse mejor, tener más equilibrio.




Como amigos, como padres, como hijos, como hermanos, como compañeros de trabajo o compañeros de vida, podemos trabajar de esta forma en ese entorno inmediato que nos importa. No necesitamos grandes conocimientos del funcionamiento del cerebro humano, ni grandes aptitudes de averiguación y relación de la información que lleva dentro. Necesitamos querer hacerlo.

Todos tenemos una teoría de la mente del otro, de cada uno de los otros con los que nos relacionamos. A veces muy distante de la realidad porque nuestras interpretaciones están hechas más desde cómo debería ser que desde realmente cómo es.

Aproximarnos a saber cómo funciona el cerebro de cada persona que nos importa requiere no solamente observación y contrastar lo que vemos con lo que nosotros hacemos. Requiere sobre todo preguntar, con la intención de conocer, lo que hay en su cabeza. Lo que hay en su vida que le lleva a hacer lo que hace, decir lo que dice, pensar como piensa.... ser como es.


Algunos errores

El primero y mayor error que cometemos, error que nos aleja de este entender, es que con pocos datos ya hacemos una teoría que se aproxima más a un juicio moral que a una definición de su comportamiento. Somos atrevidos a la hora de opinar de los demás. No estamos preparados para decir “no lo entiendo”. O, al menos, no lo entiendo todavía.

El segundo gran error, es que lo que vamos observando y viendo de ese otro que decimos nos importa, lo vamos filtrando para que se ajuste a nuestra teoría inicial. Somos poco flexibles para modificar nuestras interpretaciones. No estamos preparados para encajar nuevos datos que rompan nuestra idea de su mente.

Otra error que nos dificulta este entender, es el no preguntar al otro sobre sus pensamientos, sus emociones, sobre lo que hace y no hace. Unas veces porque la prisa y las ocupaciones “no dejan hueco”, otras porque “a ver si le molesta” otras porque “a mí nadie me pregunta” y la mayoría porque “ya sé lo que me va a responder”. No estamos preparados para ver la gran rentabilidad que tiene preguntar con intención de querer saber de verdad.

Vivir en la ignorancia sobre el otro, o peor, en el error, nos llevará a más conflictos en nuestras relaciones porque le estamos hablando a alguien diferente al que cerremos que le estamos hablando. Ese otro, es, piensa, siente, hace distinto y por distintas razones a los que yo creo. A veces mi idea se aproxima, a veces ni eso. Y si no la contrasto, seguiré sin mejorar mi capacidad de conocer mejor.


Y algunos aciertos

Siempre hablo de la práctica y, si en algún sitio cabe más que en otro, es aquí.

Practicar querer entender requiere pocas cosas:
1. Querer entender,
2. Ensayar a preguntar sin juzgar,
3. Después, aceptar “su mente” y
4. Obrar en consecuencia no gastando demasiadas energías en querer cambiarle.

Casi podríamos decir, que el no entender a quienes decimos que nos importa, nace de la soberbia de creer saber suficiente.
Y del atrevimiento de creernos conocedores de las razones y emociones que mueven a los demás.

Pero no lo vamos a decir, no es mi intención provocar, es más bien acercar a ese querer entender a quien me importa.

Practicar querer entender.
Buen día a todos


domingo, 23 de abril de 2017

Paz, sosiego



Un año desde la última reflexión en este blog.
Hoy quiero compartir con vosotros algunas reflexiones sobre cómo pasamos por la vida, deprisa, despacio, ilusionados, agobiados, contentos, amargados, solos, acompañados, viviendo, soñando....

Disciplina y flexibilidad

Entrenarnos en hacer aquello que queremos hacer puede sernos de gran utilidad: autodisciplina. Nos ayudará a conseguir gran parte de lo que nos proponemos, a mejorar nuestras marcas de tiempo en la carrera, a sincronizar mejor el salto, a cumplir con más eficiencia nuestros objetivos.
Y nos hará más libres, si al igual que somos capaces de elegir nuestra autodisciplina y la cumplimos, somos también capaces de elegir abandonarla y la abandonamos.

Lo difícil es saber en qué lado estás,saber qué has elegido. Proponerte autodisciplina  y dejar de proponértela forman parte del mismo todo. 

Saber en qué lado te encuentras es algo más complicado. Moverte de un lado a otro en paz es un aún más complejo, requiere práctica. Y esa práctica requiere análisis de lo que haces, a qué responde, si es que responde a algo y por qué rechazas tantas opciones cuando eliges una.

Porque cada vez que eliges algo, rechazas otras opciones.

El equilibrio no es fácil. El termómetro de nuestro equilibrio, de nuestro sosiego, nos lo da el sentir que estamos eligiendo aquello que queremos elegir como mejor opción para ese momento y/o para los momentos futuros que imaginamos. Desde la tranquilidad de hacer eso a la tranquilidad de poder dejar de hacerlo sin que las riñas y las culpas nos aborden impulsándonos en una dirección para disminuir y mermar esas culpas.

A veces, para ayudarnos a superar el cansancio del esfuerzo que supone lo que elegimos, nos decimos, o nos dicen, que eso es lo que hay que hacer. No es lo que hay que hacer, no existe una norma universal aplicable a lo que hay que hacer en cada momento. Si nos lo creemos nos atrapa, en nuestras redes o, peor, en las nuestras y en las redes de otros.

No hemos de confundir lo que toca hacer porque lo hemos elegido, con lo que hay que hacer porque alguien dijo que eso es lo que hay que hacer.

Lo primero nos hace libres. Y nos mantiene en nuestro empeño porque somos conscientes de que lo estamos eligiendo, el esfuerzo, el cansancio, el dolor, la soledad, lo que conlleve la elección. Es nuestra elección. Y podríamos no seguir eligiendo.

Lo segundo nos atrapa en una visión de la vida pobre, sin posibilidad de cambio, en una vida de obligaciones y de frustraciones, de cansancio impuesto, de triunfos caros. Con frecuencia son otros los que pusieron la norma o los que nos hicieron creer que la norma nos afecta. Hacemos porque no hacer nos llevaría a sentirnos culpables.

No es fácil entender esta diferencia que cambia el sentido de la vida. Sin embargo,es la diferencia del sosiego, de la paz.




Tiempo y prisa

No tenemos tiempo, esto es una evidencia. Aunque, para ser más exactos, sería no tenemos tiempo para todo si el todo es mucho. Y la vida es mucho.

La prisa es una estrategia para engañar nuestra falta de tiempo, corremos como si llegásemos antes. Esto nos sirve cuando el llegar es más importante que caminar. Esa es su ventaja.

Caminar con todo el tiempo del mundo, el nuestro claro, puede que nos permita disfrutar del camino. Y, a veces, el camino vale más que el destino.

¿Cómo sabemos si vamos con más prisa de la que hace falta para ese viaje?. 

Si dejamos de ver a los lados, si solo miramos hacia ese adelante que anhelamos, entonces vamos con prisa, con demasiada prisa.

El viajero sabio se detiene y se para a observar con más calma, de paso descansa.



Entender y juzgar

Somos expertos jueces en dictaminar sentencias. “Culpable” “Menos culpable porque hay que ver lo que tiene en casa” “Inocente”....
Y añadimos con frecuencia aquello de “yo en su lugar no haría eso” “cómo puede no darse cuenta” parece mentira, con todo lo que yo he hecho por él” “no se entera” “hay que ver que es torpe” ”mira que se lo he dicho veces” "hay gente que habla sin saber"....

Llevamos el juicio a flor de piel. Cierto que nuestro cerebro necesita entender. Y quizá por ello nos vendría mejor entrenarnos en entender. En entender por la vía de entender, no por la vía fácil de sentenciar sin más, sin entender de verdad.

Entender implica de forma previa querer entender. Y hacerlo, libres de una sentencia previa sobre la que sólo colocamos los datos que nos llegan a su favor. 

Entender nace desde la ignorancia de no saber y desde la sabiduría de reconocer esa ignorancia.

Y desde el valor que damos al otro de poder ser diferente, complejo, contradictorio.

Juzgar es fácil. Y rápido. Entender es complejo, lento a veces. Juzgar nos permite tomar distancia, quedarnos aquí. Entender nos acerca, nos saca de nosotros, nos mete dentro del otro.



Sentir paz, sosiego, equilibrio es un regalo de vida que a veces tenemos. Observar qué influye en esa paz, en ese sosiego y acercarnos a ello es lo que nos podemos regalar.

Como digo siempre, practicando mejoramos.



domingo, 1 de mayo de 2016

Demora en la atención


A veces nos encontramos pensando en algo “que se nos mete en la cabeza” sin poder dejar de darle vueltas.
Le damos vueltas y más vueltas sin añadir nada nuevo a lo que ya habíamos pensado. Decidimos no pensar más en ello pero vuelve a nuestra cabeza..... no podemos evitarlo....

¿No podemos evitarlo?

Nuestro cerebro está entrenado en atender aquello que nos llega. La atención a los pensamientos que llegan es gratificante a corto plazo. Por ello, si decidimos no atender el pensamiento, éste vuelve y lo más probable es que lo atendamos en ese momento, o en el siguiente. ¿Recordáis qué sucedía cuando el niño lloraba delante del kiosco para que su papá le comprase una chuche? El papá decía que no, el niño pataleaba y el papá se la compraba? El niño aprendía que, a veces, hay que patalear para conseguir la chuche.

Aquí la chuche es la atención. Sentirnos atendidos es agradable, por tanto la atención es recompensante.
Decidimos no atender el pensamiento, pero lo atendemos, “le compramos una chuche a nuestro cerebro” ¿Qué es lo más probable que suceda la próxima vez? Que insista, e insista, hasta que consiga su chuche....hasta que le atendamos.

¿Cómo evitarlo?

Lo más probable es que no estemos entrenados en atender nuestros pensamientos cuando queramos atenderlos y no en el resto del tiempo.
Si esto es así, cuando estemos preocupados por algo, esos pensamientos, vendrán, les atenderemos, volverán, les volveremos a atender......nos agotará la sensación de estar siempre pensando en lo mismo, preocupados por lo mismo, conscientes de que eso no soluciona el problema, pero atrapados, esperando a que pase el tiempo y “se solucione” el problema....

Primer paso: analizar el problema al que le dedico tanto tiempo pensando: qué lo ha producido, qué puedo hacer yo para mejorar la situación (si es que algo puedo hacer,) qué estoy haciendo, qué puedo pedir a otros que hagan, etc...

Segundo paso: establecer un plan de acción: cuándo voy a hacer cada una de las cosas que he decidido hacer. Escribid la fecha o momento en el que os proponéis hacer cada cosa.

Tercer paso: revisar lo que habéis escrito. ¿Tenéis la sensación de que falta algo que podéis hacer y no está puesto?. Si es que sí, aparcad el papel hasta más tarde, noche, día siguiente...

Cuarto paso: Si creéis que ya no falta nada, si ya sabéis qué es lo que está bajo vuestro control, lo que podéis hacer y lo que no podéis hacer.... ver cuándo es el siguiente movimiento o acción que habéis planificado y tomad la decisión de no pensar más en ese problema hasta dentro de …... y, aquí poneos un tiempo. Al principio poco, media hora, una hora...

Quinto paso: hasta el momento en que decidí atenderlo, cada vez que el pensamiento viene a mi cabeza me digo “Ahora no toca pensar en esto”. Y me lo digo tantas veces como venga. No luchéis para que no venga, simplemente cuando venga, no lo atendáis....”Ahora no toca”.
Al principio se comportará como el niño acostumbrado a conseguir las chuches llorando, llorará más, pataleará mas....insistirá más en que pensemos en ello. ¿Que pasará si cedemos antes del tiempo que nos hemos propuesto y le atendemos? Que aprenderá aa insistir y “patalear” más para conseguirlo.
Solo romperemos nuestro compromiso de no pensar en ello si aparece información nueva relevante sobre el problema que haga importante reflexionar sobre ello. Recordad, ha de ser nueva e importante. Si es así hacemos una nueva planificación y volvemos a empezar.

Mi recomendación es que empecéis a hacer esto con problemas pequeños, del día a día, después con problemas mas complejos. También que empecéis con demoras de la atención cortas, por ejemplo decidir que no vais a pensar en el problema, uno vez hecha la planificación, hasta dentro de media hora, una hora, después ampliad a dos, a medio día, a un día.... hasta que consigáis demorarlo cuanto queráis.
Es preferible que las metas sean fáciles de conseguir y las consigáis. Si os proponéis mucho tiempo sin atender al problema y no sois capaces, volvéis a engancharos con el pensamiento, le estáis “comprando chuches al niño que patalea” y eso no es lo que queremos enseñar a nuestro cerebro.
A veces os sorprenderéis pensando en el problema cuando os habíais propuesto no hacerlo hasta la noche. No pasa nada, es normal, es lo que veníais haciendo hasta ahora. No os riñáis por ello, seguid practicando. Cuando seáis conscientes de ello utilizar el “Ahora no toca” y dejad de atenderlo.

Al principio, cada vez que hagáis esto, os recomiendo coger un papel para escribir las respuestas a las preguntas anteriores.

Este autocontrol requiere práctica, como todo, mucha práctica. Y como toda práctica requiere empezar por lo fácil y hacerlo muchas veces.

¿Para qué sirve?

Para darle a nuestra cabeza el uso que queramos, para desatraparnos de ese comportamiento obsesivo con los problemas de la vida que nos impide ver que hay más vida que la de preocuparnos constantemente.
No es ignorar el problema, de hecho empezamos analizándolo y planificando qué vamos a hacer, es no gastar en el problema más recursos de los necesarios.

Es dejar tiempo para vivir, pensar y sentir otras cosas.